
Mujer, demos luz a nuestro pasado
Tu cuerpo tiene mucho para decirte y uno de los retos a los que debe enfrentarse el ser humano es a los cambios en las pautas de crianza….
Honrar a tu madre no es un acto que provenga de tu mente, sino un camino que comienza cuando te das permiso para sentir tu dolor.
¿Hasta qué punto puedes sentir odio por una madre, la mujer que te ha dado la vida y, por consiguiente, a la que deberíamos estarle agradecidos? ¿Es real o producto de tu mente enferma? ¿Se te consideraría un mal hijo por esto? Y, si el cuarto mandamiento tuviera la última palabra, ¿serías condenado al fuego eterno? ¿O, quizás, es verdad que existe un Dios benevolente, distinto al de la religión católica, que sabe que las emociones forman parte de la condición humana y jamás te juzgaría por ello?
Si este es tu caso y, por mucho que lo intentas, no logras alcanzar la paz con ella porque, muy dentro de ti, el odio y el rencor aún están muy presentes, te invito a que leas este artículo.
Seguramente, te sentirás atravesada por la culpa o por la vergüenza en los momentos en que tu cuerpo y tu mente son secuestrados por este tipo de pensamiento, emoción y sensación. Cuando esto ocurre, optas por disociarlos; es decir, prefieres dejarlos a un lado, enterrados en alguna parte de tu mente y de tu cuerpo porque así lo aprendiste. Pero aquello a lo que no se le presta atención no desaparece: se enquista, y vuelve una y otra vez, porque necesita ser escuchado.
Nadie decide odiar de manera intencionada: forma parte de nuestra naturaleza. Nosotros no decidimos qué tipo de sentimiento o emoción queremos sentir; sería como tratar de indicarle al riego sanguíneo por dónde debe circular. Sentimos, y punto, no hay más. Nuestro cuerpo no racionaliza por quién debe sentir odio, rencor o amor, o por quién no: lo siente, y punto… no hace distinciones. Por otro lado, nunca nos hicieron saber que albergar este tipo de sentimiento por una madre forma parte de la condición humana. El catolicismo nos atravesó las venas con el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Con esto no estoy tratando de decirte que no debes honrarla (soy partidaria de que esto es necesario para vivir en paz con uno mismo), ni que perpetúes en el tiempo este tipo de sentimiento. Recuerda que no eres tú, sino tu cuerpo. No te olvides de que somos seres biológicos, “animales”. Tu cuerpo te grita; necesita que le des espacio para que pueda sentir lo que permanece oculto a tus ojos y a tu consciencia, sin que la mente racional entre a dar su opinión.
Y yo me pregunto: ¿qué tiene que ver el cuarto mandamiento con lo que pueda sentir mi cuerpo? ¿Acaso la Iglesia tiene libre albedrío para influir sobre mi propio juicio o sobre qué tipo de emociones debo sentir? Me temo que sí: junto con la educación, lo han hecho durante siglos.
¿Cómo se puede perdonar a una madre por la desconexión y por el maltrato físico, emocional y psicológico, cuando se supone que debería haber hecho todo lo contrario? ¿Es necesario perdonarla? ¿O ni siquiera debería cuestionármelo y debo seguir con mi vida sobrellevando la culpa como buenamente pueda?
Honrar a una madre no es un trabajo sencillo. No es un acto que deba pasar por tu mente racional, sino que debe surgir de forma natural, sin presión y sin condicionamientos. Nace después de que tu niño interior herido haya podido atravesar el duelo de todo aquello que lo sobrepasó y que no recibió. Para eso es necesario adentrarse en un proceso personal en el que puedas darte el permiso para sentir las emociones y sensaciones que tu cuerpo alberga desde hace años y que tuviste que dejar a un lado porque estaba en juego tu propia supervivencia. El miedo a que mamá te ignorara, te despreciara —o incluso te golpeara— pudo más que la necesidad de expresar lo que sentías.
No seré yo quien te diga que todo esto se debió a que tu madre estaba tan disociada y preocupada por su propia supervivencia que le fue imposible sostenerte y acompañarte como tú necesitabas. No, no voy a hacerlo. Sé, por mi propia experiencia, que estas palabras invalidan tus sentimientos y te generan más culpa y vergüenza (si cabe). Llegado el momento, no vas a necesitar que nadie te lo diga; lo sabrás porque lo habrás sentido en tu propia piel, en tus huesos y en tus entrañas.
Para adentrarte en esta aventura, necesitarás un testigo empático (un terapeuta) que te acompañe en el camino, y que te haga saber que tienes derecho a enfadarte; a dar espacio a tu rabia, a tu dolor; a permitir que tus lágrimas, por fin, encuentren el alivio que tanto necesitaban; a establecer tus límites, e incluso a distanciarte de ella, si es necesario; a ser querido, a ser respetado; y a merecer la vida que deseas. Este testigo tiene que haber transitado el mismo camino en el que tú te adentras; de otra manera, le será imposible acompañarte. Nadie que no haya bajado al infierno podrá guiarte a través de este.
Si quien te acompaña no se ha manchado de barro hasta el cuello, seguramente, te dirá, desde su parte más racional, que, para que puedas vivir en paz contigo mismo, necesitarás perdonar a tu madre. Desde este punto no te aseguro que lo consigas; puede ser que a otras personas les funcione pero, quizás, a ti no. Lo más probable es que no te lleve a ningún lugar, y te conducirá al mismo callejón sin salida de siempre. Así, difícilmente podrás honrarla de una manera genuina.
Desde tu cerebro racional, lo harás por miedo a ser juzgado y a quedarte solo, o por miedo a arder en el fuego eterno (la Iglesia dejó su huella en nuestros antepasados, y estos en nuestro ADN). De este modo estarás perpetuando el legado que te dejaron tus ancestros, con lo que ellos no estarían conforme, pues tu yo verdadero jamás podrá expresar su autenticidad —algo que desearían que hicieras porque a ellos no les fue permitido—. Tu dolor permanecerá enterrado en una parte muy remota de tu cuerpo y de tu mente; eso sí: sin alcanzar el descanso y paz que necesitan. Si, por otro lado, tienes hijos, tu herencia emocional continuará abriéndose camino entre tu descendencia y, lamentablemente, la historia seguirá su curso.
Si decides adentrarte en este proceso personal, debes saber que tu sistema nervioso recuerda con nitidez toda tu historia, una historia que anhela ser contada y escuchada. Todo aquello que te atravesó, te sobrepasó y aún permanece en tu mente y en tu cuerpo encapsulado. Afortunadamente, tu sistema nervioso también tiene la clave, que te permitirá avanzar sin que la culpa y la vergüenza te paralicen. Y, por supuesto, te abrirá la puerta a un mundo lleno de oportunidades, a todo aquello que te colma de dicha y que te has ganado por derecho de nacimiento.
Tu cuerpo y tu mente se sentirán liberados y caminarán con más ligereza y claridad. Al fin han encontrado el alivio y descanso que necesitaban; entonces, y solo entonces, comprenderás que tu madre hizo lo mejor que pudo, y este es el punto en el que verdaderamente la honrarás sin olvidarte de ti mismo.

Tu cuerpo tiene mucho para decirte y uno de los retos a los que debe enfrentarse el ser humano es a los cambios en las pautas de crianza….

¿Sientes odio o rencor hacia tu madre? Este artículo explora por qué estas emociones son naturales, cómo liberarte de la culpa y la vergüenza, y el camino para sanar sin tener que perdonar.
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